miércoles, 6 de febrero de 2008

Crisis en el Banco Mundial y en el FMI

   

Eric Toussaint
El Banco Mundial y el FMI viven una grave crisis de legitimidad. Paúl 
Wolfowitz, presidente del Banco desde junio de 2005, se vio obligado a
dimitir en junio de 2007 tras el escándalo relacionado con el caso de
nepotismo que protagonizó. Mientras que varios países miembros del Banco
afirmaban que ya era tiempo de poner al frente de la institución un
ciudadano o ciudadana del Sur, el presidente de Estados Unidos impuso
por undécima vez un estadounidense para presidirla, Robert Zoellick. A
principios de julio de 2007 fue el turno del director general del FMI,
Rodrigo Rato, de comunicar de improviso su dimisión. Los Estados
europeos se pusieron de acuerdo para reemplazarlo por un francés,
Dominique Satrauss-Kahn. Estos hechos recientes han puesto en evidencia
ante la población de los Países en Desarrollo (PED) cómo los gobiernos
de Europa y de Estados Unidos quieren mantener el control, sin fisuras,
de las dos principales instituciones financieras multilaterales,
mientras otro europeo, Pascal Lamy, preside la OMC. Resumiendo, tanto
las circunstancias de la dimisión de Paúl Wolfowitz como la designación
de nuevos directivos de las principales instituciones que orientan la
globalización demuestran que la buena gobernanza adquiere un sentido muy
relativo cuando se trata del reparto del poder a escala internacional.
La dimisión forzada de Paúl Wolfowitz
Acorralado en sus últimos reductos, Paúl Wolfowitz comunicó en mayo de
2007 su renuncia como presidente del Banco Mundial. El caso de nepotismo
y de aumento desmesurado del sueldo de su compañera sentimental ¿era en
realidad nada más que un simple «error» cometido por alguien que actuaba
de «buena fe»? Bagatelas... Conocer a Wolfowitz permite comprender mejor
cómo se ha llegado hasta ahí. En marzo de 2005, la decisión de colocar
en la presidencia del Banco Mundial al subsecretario de Estado de
Defensa, y uno de los principales arquitectos de la invasión militar de
Afganistán en el 2001 y de Iraq en 2003, hizo correr mucha tinta.
Wolfowitz es un auténtico producto del aparato de Estado de Estados
Unidos. Muy pronto, se interesó en cuestiones de estrategia militar. En
1969, trabajó para una comisión del Congreso con el objetivo de
convencer al Senado de la necesidad de que Estados Unidos se dotara de
un paraguas antimisiles frente a la Unión Soviética. Lo logró. Un hilo
conductor en su pensamiento estratégico: identificar los adversarios
(URSS, China, Iraq...) y demostrar que son más peligrosos de lo uno se
imagina, con el fin de justificar un esfuerzo suplementario de defensa
(aumento de presupuesto, fabricación de nuevas armas, despliegue masivo
de tropas en el exterior...), llegando hasta el inicio de ofensivas o de
guerras preventivas. Ya conocemos la continuación.
Dos palabras sobre la trayectoria asiática de Wolfowitz: De 1983 a 1986,
dirigió el sector Asia del Este y el Pacífico del departamento de Estado
con Ronald Reagan, antes de ser embajador de Estados Unidos en Indonesia
entre 1986 y 1989. Durante este período apoyó activamente a regímenes
dictatoriales, tales como el de Ferdinand Marcos en Filipinas, de Chun
Doo Hwan en Corea del Sur o de Suharto en Indonesia.
Tras la movilización popular que expulsó a Ferdinand Marcos en 1986,
Wolfowitz organizó la fuga del dictador, que encontró refugio en Hawai,
el 50º estado de Estados Unidos. Sin embargo, no hay que pensar que
Wolfowitz sea el chico malo a la cabeza de una institución generosa e
inmaculada. Ya es hora de descorrer el velo y exigir al Banco Mundial
que rinda cuentas de sus acciones desde hace más de 60 años.
El pasivo del Banco Mundial es demasiado abultado para que se limite a
la dimisión de Paúl Wolfowitz. Su reemplazo por Robert Zoellick no
constituye ninguna mejora.
Robert Zoellick, representante comercial de Estados Unidos
Zoellick no tiene ninguna cualificación en materia de desarrollo. Bajo
el precedente mandato de Bush fue el principal representante de Estados
Unidos en el seno de la OMC, y privilegió sistemáticamente los intereses
comerciales de la mayor potencia económica mundial con menosprecio de
los intereses de los países en desarrollo. En el curso de los
preparativos de la reunión de la OMC en Doha, en noviembre de 2001,
había visitado a los gobiernos africanos con la finalidad de comprar su
voto. Se trataba de que aceptaran la agenda de Doha, que felizmente
permanecía descarrilada a finales del 2007. Después se especializó en la
negociación de los tratados bilaterales de libre comercio firmados por
Estados Unidos con diferentes PED (Chile, Costa Rica, República
Dominicana, Guatemala, Honduras, Jordania, Marruecos, Nicaragua, El
Salvador, etc.), que favorecen los intereses de las multinacionales
estadounidenses y limitan el ejercicio de la soberanía de los países en
desarrollo, antes de llegar a ser secretario de Estado adjunto, junto a
Condoleezza Rice. A partir de julio de 2006, Robert Zoellick fue
vicepresidente del consejo de administración del banco Morgan Stanley,
encargado de las cuestiones internacionales. Es importante recordar que
éste es uno de principales bancos de negocios de Wall Street, claramente
implicado en la crisis de la deuda privada que estalló en agosto de 2007
en Estados Unidos. Así mismo, Morgan Stanley participó activamente en la
creación de un montaje colosal de deudas privadas a partir de la burbuja
especulativa del sector inmobiliario. Robert Zoellick se fue de Wall
Street para ocupar la plaza de Paúl Wolfowitz en la presidencia del
Banco Mundial en julio de 2007, justo a tiempo para no verse implicado
directamente en la crisis.
La encantadora divisa del Banco Mundial («nuestro sueño, un mundo sin
pobreza») no debe hacer olvidar que fundamentalmente la institución
adolece de un grave vicio de forma: está al servicio de los intereses
geoestratégicos de Estados Unidos, de sus grandes empresas y de sus
aliados, y es indiferente ante la suerte de la población pobre del
Tercer Mundo. Por consiguiente, hay una única solución a la vista: la
eliminación del Banco Mundial y su reemplazo en el marco de una nueva
arquitectura institucional internacional. Un fondo mundial de
desarrollo, en el marco de la Naciones Unidas, podría estar vinculado
con unos bancos regionales de desarrollo del Sur, bajo el control
directo de los gobiernos del Sur, funcionando democrática y
transparentemente.
Dominique Strauss-Kahn, nuevo director del FMI
El 1º de noviembre de 2007, Dominique Strauss-Kahn asumió sus funciones
al frente del FMI, después de un largo proceso sabiamente orquestado:
opción por su candidatura por Nicolas Sarkozy a fin de debilitar aún más
la oposición política en Francia; acuerdo muy rápido sobre su nombre por
los 27 países de la Unión Europea , a fin de salir al paso de las
críticas sobre la regla tácita de atribuir a un europeo la presidencia
del FMI (a cambio de la dirección del Banco Mundial a un
estadounidense); campaña en numerosos países apoyada por una costosa
agencia de propaganda, basada en el tema de la «reforma» del FMI y de su
ayuda a los países pobres; aparición sorpresiva de otro candidato (el
checo Josef Tosovky), sin ninguna posibilidad de ser elegido, pero que
dio al proceso una apariencia democrática; y por último, la designación
por unanimidad de Dominique Strauss-Kahn.
El fin de esta maniobra de prestidigitación mediática era disimular la
realidad del FMI, también en grave crisis de legitimidad. Los países del
Sur ya no quieren recurrir a éste para no tener que someterse a
continuación a su feroz dominación. Muchos de ellos (Brasil, Argentina,
Indonesia, etc.) llegaron incluso a saldar anticipadamente su deuda para
desembarazarse de su enojosa tutela. Con lo cual, actualmente el FMI no
logra cubrir sus gastos de funcionamiento y hasta su propia existencia
está amenazada. Por ello la necesaria «reforma», no para insuflarle un
cambio democrático que tenga en cuenta el interés de la población más
pobre, sino para asegurar nada menos que su supervivencia y afrontar una
fuerte contestación a todo lo ancho del planeta. El FMI es una
institución que exige desde hace más de 60 años, con la mayor
prepotencia, que los gobiernos de los PED apliquen medidas económicas
que benefician a los ricos a los opulentos acreedores y a las grandes
empresas. A tal efecto, durante las últimas décadas el FMI contribuyó
con un soporte esencial a tantos regímenes dictatoriales y corruptos, de
Pinochet en Chile a Suharto en Indonesia, de Mobutu en el Zaire a Videla
en Argentina, y actualmente a Sassou Nguesso en el Congo Brazzaville, a
Déby en el Chad, entre muchos otros.
Después de la crisis de la deuda de principios de los años 80, el FMI
impuso sin contemplaciones unos programas de ajuste estructural que
tuvieron las desastrosas consecuencias para los pueblos del Sur que
conocemos: recortes de los presupuestos sociales, apertura de los
mercados a las multinacionales que arruinan a los pequeños productores
locales, producción enfocada a la exportación abandonando el principio
de soberanía alimentaria, privatizaciones, un régimen fiscal que agudiza
las diferencias...
Ninguna institución puede situarse por encima de los textos y tratados
internacionales, pero el FMI se arroga en sus estatutos una inmunidad
jurídica absoluta. Por otra parte, no se le podrá hacer ninguna reforma
sin el consentimiento de Estados Unidos, que detenta una minoría de
bloqueo, algo absolutamente inaceptable. Cualquier proyecto de reforma
que modifique las relaciones de fuerza internacionales puede ser
bloqueado por los representantes de los grandes acreedores. Estos
elementos hacen imposible cualquier cambio aceptable del FMI.
Por consiguiente, dado que el FMI ha demostrado ampliamente de su
fracaso en términos de desarrollo humano y que es imposible exigirle que
rinda cuentas de su actividad desde hace 60 años, hay que exigir su
disolución y su reemplazo por una institución con una gestión
transparente y democrática, cuya misión esté centrada en garantizar el
cumplimiento de los derechos fundamentales.
Es por esto por lo que las principales campañas para la anulación de la
deuda a escala mundial han comenzado a llevar a cabo una auditoría
completa de las instituciones financieras internacionales, con el FMI y
el Banco Mundial a la cabeza. (Traducido por Raúl Quiroz)
- Eric Toussaint, economista belga, es integrante del Comité para la
Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM). www.cadtm.org
Texto completo en: http://alainet.org/active/21957
Más información: http://alainet.org
Agencia Latinoamericana de Informacion
email: info@alainet.org
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